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Recuerdos con historia

Los desterrados

El libro Los desterrados, de reciente aparición en Lima, incluye una lista de los japoneses y nikkei expulsados de Perú y recluidos en el campo de internamiento Crystal City, en Estados Unidos.

El documento, elaborado por uno de los prisioneros en 1945, contiene los nombres de casi mil personas, entre ellos los de un tío abuelo (hermano de mi abuelo paterno), su esposa y algunos de sus hijos.

Al leer su nombre, los recuerdos del tío abuelo Rensuke cayeron en cascada. O, para ser más preciso, los recuerdos de mi tío Mitsuya hablando de él, porque solo lo conocí a través de sus relatos.

Mitsuya hablaba de él como si fuera un personaje de novela, no un familiar más. A veces pienso que creó una mitología en torno a ese tío al que quería y admiraba. Quizá la nostalgia engrandeció al personaje, no lo sé. En todo caso, lo que recuerdo de las descripciones de Mitsuya es a un hombre orgulloso que respondía a los saludos de la gente en la calle desde la altura material y simbólica que le conferían estar montado sobre un caballo de paso y su condición de próspero comerciante.

Mi tío me contó que una vez Rensuke lo llevó a ver un partido de béisbol en un antiguo estadio de la ciudad de Callao, donde vivían. Estaban en la tribuna cuando, de pronto, Rensuke, indignado por la impericia del árbitro, bajó al campo, interrumpió el juego y comenzó a arbitrar en sustitución del inepto. Así de arrojado era.

Mitsuya narraba historias como esta sobre Rensuke con entusiasmo y el pecho inflado, poniendo tanto énfasis en las palabras como en los gestos.

No perdía el brío ni cuando relataba historias tristes, como todas las relacionadas con la Segunda Guerra Mundial. Rensuke estuvo escondido para no ser capturado por las autoridades peruanas y deportado a Estados Unidos, hasta que decidió entregarse cuando le transmitieron a través de su familia que si lo hacía podía llevar a su esposa e hijos a EE. UU. Así lo hizo y zarpó a Texas con ellos.

Imagino que para Mitsuya la partida de su tío fue como perder a un héroe de infancia.

Además de activar recuerdos familiares, la lectura del libro Los desterrados me hizo pensar en el destino de los deportados tras el fin de la guerra. Rensuke tenía 55 años cuando se realizó la lista de prisioneros en Crystal City en 1945. A esa edad tuvo que regresar a una Okinawa destruida y empezar de cero.  

En una revista que se publicó para conmemorar el 35 aniversario del Club Pacífico, una institución creada por jóvenes issei en los primeros años de la posguerra (una de las más importantes en la historia de la colectividad nikkei peruana), se decía que al acabar la guerra los issei mayores estaban profundamente desmoralizados. Habían sufrido saqueos, cierre de instituciones y colegios, confiscación de negocios, etc.

“Los viejos inmigrantes perdieron el ánimo emprendedor con el golpe moral de la derrota japonesa”, decía la revista. Un issei que era joven cuando concluyó la guerra recordaba: “En esa época contábamos con 30 años y podíamos empezar de nuevo, pero ellos (en alusión a los mayores)... fueron derrotados física y moralmente”.

Si así se sentían los issei de mayor edad en Peru, quienes pese a todos los atropellos padecidos se habían salvado de la deportación y la ruina total, imagino que los desterrados como Rensuke se habrán sentido diez, cien veces peor.

Migraron a Perú huyendo de la pobreza, pero eran jóvenes y vigorosos. En su nuevo destino, gracias a su trabajo, lograron edificar una buena vida. Hasta que estalló la guerra. Décadas después, retornaron a su país tan pobres como cuando emigraron, avejentados y con el alma rota, y con la sensación de que todo el esfuerzo desplegado en Perú no sirvió para nada.

Mi tío Mitsuya nunca me contó cómo fue la vida de Rensuke en la Okinawa de la posguerra, pero uno de los testimonios que recoge Los desterrados me acerca a él.

SIN ARROZ NI ZAPATOS

En el último decenio del siglo pasado, el autor del libro, el sociólogo Luis Rocca Torres, entrevistó a varios supervivientes de los campos estadounidenses. Eran niños entonces, y alrededor de medio siglo después, ya sexagenarios, recordaban sus experiencias de reclusión.

Uno de los entrevistados, Lidia Naeko de Tamashiro, estuvo en Crystal City con sus abuelos. Cuando terminó la guerra, viajó a Japón con ellos. Tenía 8 años. Se instalaron en Okinawa, donde la comida era un lujo. “Comíamos plantas. Cuando se acababa el camote, comíamos las hojas. A veces usábamos aceite de petróleo para freír. Cuando se tiene hambre, uno come de todo. Ni arroz ni carne había”, recordaba.

“También comíamos las yerbas silvestres. Después de cinco años recién empezamos a comer carne”, añadía.

Lidia llevó a Okinawa la ropa y los zapatos que usaba en Crystal City, pero había tanta pobreza en Japón que su calzado llamaba la atención: “Cuando yo salía a la calle a caminar,la gente que estaba sin zapatos me miraba mucho, entonces me quité los zapatos y empecé a caminar descalza, como todos. Todo era caminata en Okinawa, no había movilidad”.

La guerra se cobró la vida de cientos de miles de soldados y civiles en Okinawa. Lidia recordó durante la entrevista que le hizo Luis Rocca que “había muchos huérfanos y viudas”.

A esa Okinawa de pobres descalzos, sin suficiente comida y con familias quebradas, regresó Rensuke con parte de su familia (algunos de sus hijos se quedaron en Estados Unidos).

Líneas arriba escribí que el tío abuelo tuvo que “empezar de cero” en su tierra natal, pero creo que la expresión no es justa. Empezar de cero sugiere una segunda oportunidad, la posibilidad de reinventarse, pero ese no fue su caso ni el de las personas que como él se acercaban a la vejez y a quienes arrebataron todo. La vida para ellos era simplemente supervivencia.  

El abuelo de Lidia (un inmigrante llamado Seiji) le dijo a su nieta poco antes de morir: “¿Por qué yo tengo siempre mala suerte? Siempre me pasa desgracia. Cuando era joven estaba en Okinawa y había pobreza y se sufría. Partí a Perú para mejorar y cuando me iba bien, llegó la guerra y lo perdimos todo; luego nos llevaron a Estados Unidos, encerrados. Después Japón perdió la guerra. Cuando regresamos a Okinawa, había más pobreza y sufríamos”.

Nunca lo sabré, pero creo que Rensuke suscribiría cada palabra de lo que dijo su paisano Seiji.

Sospecho que Mitsuya se rehusó a contar la vida de su tío en la Okinawa de la posguerra porque quizá pensaba que no había épica en la mera subsistencia, así como para preservar sus recuerdos de infancia, para no empañar la imagen del héroe a caballo.

OTRAS HISTORIAS

Los desterrados también narra la odisea de una mujer peruana que viajó con sus ocho hijos a EE.UU. para reencontrarse con su esposo japonés, deportado dos años antes.

“Bajaron delómnibus (en Crystal City) y lo primero que vieron fueron las alambradas, los parantes,las torres de vigilancia, los centinelas y la policía montada. Sin vacilaciones,ella avanzó hacia la puerta de entrada, agarrando a sus hijos menores. Sus ojos buscaban a su esposo. Traspasó la puerta de ingreso,se detuvo, recorrió con la mirada las instalaciones y al fin divisó al silencioso Mantaro (Kague). Todos corrieron hacia él y lo abrazaron. Los más niños se prendieron de las piernas de papá; todos lloraron de honda emoción. Habían transcurrido 22 meses desde el día de la separación”.

Monumento que testimonia la funesta historia de Crystal City (foto: lindasorchard.files.wordpress.com)

Así como Micaela Castillo, la esposa de Mantaro, se fue de Perú para compartir el encierro de su cónyuge, el inmigrante japonés Shuizake Aoyagi se mudó voluntariamente a Crystal City para reencontrarse con su esposa y sus hijos, quienes habían acompañado a los padres adoptivos de ella a Estados Unidos.

Tras recuperarse de los estragos que causó en su salud mental la brutalidad de la policía local (arresto y torturas), Aoyagi solo tenía cabeza para su familia. Los desterrados reproduce el diálogo que hubo entre Shuizake y unos amigos japoneses:

—¿Quieres ver a tu esposa e hijos?

—Sí —respondió.

—¡Pero eso significa ir a un campo de concentración!

—No importa —replicó.

Finalmente, Aoyagi viajó a Estados Unidos, donde volvió a ver a su esposa y sus tres hijos. El amor pudo más que la libertad.

Las tres historias reseñadas forman parte del libro que, además de subrayar el componente humano de las deportaciones, contiene información valiosa, como el siniestro trabajo desempeñado por el agente estadounidense John Emmerson en la confección de las listas de los inmigrantes japoneses que debían ser expulsados de Perú.

Para los lectores no familiarizados con este oscuro episodio de la historia de la inmigración japonesa a Perú, Los desterrados es una importante fuente de datos. Además de ofrecer detalles sobre la labor de Emmerson, incluyendo sus viajes por el interior del país para recabar información, pinta el clima antijaponés que se vivía en Perú incluso antes de la guerra y la campaña promovida desde el poder contra la comunidad de origen japonés.

Para los lectores familiarizados con los hechos, el libro pone rostros y nombres a sus protagonistas, para no olvidar que detrás de las cifras y los datos hay seres humanos.

 

© 2022 Enrique Higa Sakuda

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Acerca del Autor

Enrique Higa es peruano sansei (tercera generación o nieto de japoneses), periodista y corresponsal en Lima de International Press, semanario que se publica en Japón en idioma español.

Última actualización en agosto de 2009

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