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El fenómeno dekasegi en la vida de una joven yonsei

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En la vida de Alexandra Shimabukuro, desde pequeña, dekasegi ha sido familia, sustento e historias. Ahora también es materia de investigación. La estudiante de Sociología de la Universidad Católica del Perú está preparando una tesis sobre las mujeres nikkei que migraron a Japón en las décadas de 1980 y 1990.

“Es una experiencia que siempre ha estado en mi familia, y que siempre la he escuchado desde bien chiquita en casa”, dice la joven yonsei.

No habla de oídas, por referencia de algún tío lejano o lecturas. No lo ha vivido en carne propia, pero ha tenido un impacto nuclear en su vida. Su ojii fue dekasegi (sus remesas contribuyeron al sostenimiento familiar); su mamá, también. No conoce a buena parte de su familia en persona porque son inmigrantes en Japón.

“La otra vez, antes de dormirme, pensaba: ¿qué tanto le debo al dekasegi? Si mis papás no hubiesen tenido eso, probablemente yo no estudiaría en la PUCP ahorita. O no existiría, tal vez”, reflexiona.

QUIEBRE DE IDENTIDAD 

Alexandra quiere entender mejor el fenómeno dekasegi, cruzar el marco familiar y sondear otras vidas. El relato hegemónico incide en la crisis económica de la década de 1980 para explicar la migración masiva de peruanos a Japón, pero ella busca ir más allá, explorando factores sociales o políticos detrás de una experiencia colectiva que fracturó a la comunidad nikkei peruana.

Lo que más le llama la atención de los exdekasegi es el “quiebre de identidad”, su “descolocamiento”.

Descolocados en Perú, descolocados en Japón.

“Las generaciones de mis papás, de mi ojii, mi obaa, se sentían como... no tan peruanos. Me decían: ‘En el colegio (en Perú) no me sentía como parte de, y cuando me fui (a Japón) tampoco, porque era extranjera”.

Su investigación acerca de las mujeres está en sus comienzos, pero ya ha podido detectar ciertos rasgos comunes con respecto a la identidad.

“Inconscientemente tal vez se sentían japonesas. Llegaron a Japón, vieron que la realidad era muy diferente, que eran extranjeras (porque lo son), y hubo una suerte de ruptura ahí, de ‘ahora, ¿quién soy?’, a dónde perteneces. Eso lo veo bastante”, dice.

El descolocamiento de las generaciones anteriores a la suya (nisei y sansei) le resulta ajeno, pues ella no tiene que lidiar con conflictos de identidad. Tiene claro que es peruana, no japonesa.

Sin embargo, eso no significa que conciba la identidad de manera monolítica, sin espacio para los matices o la diversidad.

“Yo no sé si me siento peruana exactamente... Ser peruana es como muy amplio, tengo más afiliación por grupos particulares, y a veces esos grupos son globalizables. A veces puedo sentir mayor sentido de pertenencia con un grupo otaku de un anime en particular, y eso sale de lo nikkei, de lo peruano, puede ir hasta lo latino, hasta comunidades norteamericanas”, dice.

O puede sentir más afinidad con, por ejemplo, mujeres latinoamericanas que enfrentan flagelos como la violencia.

“Ser peruana se me hace a veces muy amplio, obviamente lo soy, pero siento que en mi generación hay mayor pertenencia a grupos más específicos; sale de contornos geográficos, son cosas globalizadas, bien dinámicas”, añade.

En la burbuja nikkei, si bien su generación no está marcada por las descolocaciones como sus predecesoras, ha sido testigo de rezagos más propios del siglo pasado, cuando en la comunidad menudeaban expresiones como “perujin” o “nihonjin”.

Hace poco, durante una reunión con jóvenes nikkei, una persona se refirió a un amigo como “perujin”, algo que a Alexandra le pareció muy raro. “Yo le quería decir ‘pero si todos somos perujin’, no entiendo”, dice.

La joven yonsei ha socializado en espacios nikkei, pero también con otros grupos humanos. Ser nikkei es una de sus identidades. No hay una identidad única, insiste.

“No sé qué es la identidad nikkei a secas”, admite. Y si existe algo específico que la designe o defina, no cree que sea inmutable o absoluto.

En todo caso, más allá de lo que signifique la identidad nikkei, la une a la comunidad un sentido de pertenencia, ha sido uno de sus ámbitos de socialización. “Me siento cómoda, la siento parte de mí”.

Estudiar el fenómeno dekasegi contribuirá a que comprenda mejor sus orígenes: “De dónde vengo, de dónde viene mi familia, qué han hecho las generaciones anteriores, en particular las mujeres”.

Por lo pronto, ha percibido una diferencia entre los nikkei que fueron a Japón a trabajar y aquellos que no. “Las personas dekasegi afirman más ser peruanas”, comenta. Haber chocado con un país que les abrió los ojos (no eres nihonjin, sino perujin), las ha empujado a enfatizar su peruanidad.

En cambio, aquellas personas que no vivieron la experiencia dekasegi aún parecen sentirse más japonesas.

VOZ A LAS MUJERES NIKKEI

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Alexandra Shimabukuro ha decidido acotar su investigación a las mujeres nikkei que migraron a Japón y retornaron años después a Perú.

La estudiante indaga sobre la realidad de las jóvenes sansei que partieron a Japón dejando una carrera universitaria a medias o apenas egresadas del colegio —chicas aún solteras con proyectos de vida personales—, o de las mujeres con familia y por ende con otros planes.

A través de su trabajo espera dar voz a quienes no han sido suficientemente escuchadas, revalorar a la mujer nikkei, trascender la tradicional mirada masculina.

El estudio le permitirá también ahondar en el cambio generacional que se produjo cuando las jóvenes dekasegi —a diferencia de sus madres o abuelas, por lo general constreñidas al campo doméstico— trazaron su propio camino, independientes y libres.

Se ha avanzado en el acortamiento de las brechas de género. Sin embargo, subsisten antiguas prácticas de las que Alexandra ha sido testigo, como reuniones en las cuales los hombres están sentados mientras las mujeres trabajan en la cocina en la preparación de los platos.

Ahora bien, su experiencia al respecto ha sido sui géneris. “El caso de mi ojii es muy particular, porque a mi ojii no le gusta salir mucho. En mi caso, el que hacía todo lo de la casa era mi ojii; a mi obaa le encanta jugar gateball, cantar con sus amigas, bailar para el undokai, ese tipo de cosas. Ella era la que me recogía de AELU, pero mi ojii era el que me lavaba el polo, el que me cocinaba mi gohan, absolutamente todo”, dice, con una sonrisa que trasluce gratitud y cariño.

 

© 2023 Enrique Higa Sakuda

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Acerca del Autor

Enrique Higa es peruano sansei (tercera generación o nieto de japoneses), periodista y corresponsal en Lima de International Press, semanario que se publica en Japón en idioma español.

Última actualización en agosto de 2009

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